La Ataraxia o inmutabilidad es una habilidad individual que permite permanecer en nuestro estado natural, sin perturbarnos por aquello que no podemos ni se puede cambiar. Para ejercitarla, debemos enfocarnos en estimular la indeterminación e indiferencia, entendiendo la primera como la facultad de librarse de la responsabilidad de que algo ocurra o de que alguien se comporte diferente; y la segunda, como el estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado; combinados, comenzamos a ejercitar un poder que evita que nos sintamos agobiados por el entorno.
Para alcanzar la ataraxia fortaleciendo la indeterminación e indiferencia, debemos reconocer que somos lo que percibimos y la física cuántica lo argumenta, afirmando que la realidad la determina la perspectiva del observador. Actualmente estamos expuestos a información y hechos que nos hacen creer que nuestra realidad no es la más esperanzadora.
Analistas hablan de que estamos demorados para una gran recesión económica que transforme nuestras condiciones sin discriminar. Nuestros bolsillos aprendieron el verdadero significado de la inflación, a sabiendas que la crisis inflacionaria no termina y lo más seguro es que muchos países entremos en estanflación, al sumarle el problema del estancamiento económico. Cada vez es más palpable la escasez de alimentos que se presentará en algunos países; crisis hídrica generalizada; conflictos internos e internacionales, que sólo favorecen a los distribuidores de suministros militares, logísticos y sus fuentes de financiación. Ucrania se vuelve el foco internacional afectando el suministro de gas en Europa, favoreciendo la venta de hidrocarburos por parte de Estados Unidos; salpicando hasta los oligarcas griegos, dueños de las flotas de barcos petroleros que sirvieron para que Putin pudiera saltarse las sanciones y vender su crudo. Al final todo está conectado, agreguémosle que China aprovecha el desorden y comienza a tantear la respuesta ante una recuperación de sus antiguos territorios, convirtiendo a Taiwán en el botín por disputa; a sabiendas que la isla suministra importantes porcentajes de microchips para la industria tecnológica mundial. Esta vez, para no agobiarnos no incluyamos la recuperación del centro financiero asiático de Hong Kong y la desdolarización en el comercio internacional. Para finalizar, dos cerezas para este dulce panorama: corrupción desbordada con metástasis avanzada, donde ni los sectores más éticos y de respeto se han salvado (poderes religiosos, protección social, educación, instituciones de fomento de la justicia, entre muchos). Junto a ella, pegadas de la misma rama, los mercados financieros a punto de un colapso de escala concadenada, que entre más se demore mayor su afectación. Ya con eso, ya podemos imaginarnos todo lo demás que se le puede sumar a esta reacción en cadena, entendiendo el entorno como un gran sistema interconectado por una gran diversidad de subsistemas.
Nos rigen las leyes que afectan nuestra sustancia primordial en el organismo, que es el agua. Éstas nos muestran que la vida la podemos percibir y por ende crear de tres formas diferentes: mediante el amor (saliéndose del arquetipo romántico que tenemos afianzado en nuestro inconsciente colectivo), odiando o siendo ignorado. Para entender esto, remontémonos al experimento del Dr. Masaru Emoto, donde podemos ver la influencia de las palabras a las que nos exponemos, recordando que ancestralmente se ha dicho que “el verbo se hizo carne”.
Con el odio, sabemos los resultados que hemos obtenido: dos guerras mundiales, al extremo de frenarlas con dos bombas nucleares que no tienen el poder de destrucción con el que contamos hoy en día; exterminio de culturas y poblaciones completas; éxodo sistemático en entornos donde no se respetan las diferencias; aumento innecesario de la desigualdad y la brecha entre pobres y ricos; feminismo militante y vaporoso en busca de un desquite ante una sociedad patriarcal; al final, se nos facilita encontrar excusas para dividirnos, en vez de la valentía para reconciliarnos y dejar el pasado como una experiencia para cimentar un mejor futuro. Si toda la historia registrada de la humanidad ha respondido ante su entorno con odio, debemos probar la indiferencia entendiendo que nuestra existencia la regimos por aquello que podemos influenciar, dejando a un lado todo aquello que no podemos controlar: como las decisiones que toman nuestros representantes políticos, las atrocidades que pasan a diario como un reflejo de las falencias y dolores ocultos que cargamos; sumado a todos los mecanismos de evasión de esta realidad (drogas legales e ilegales, promiscuidad y en general la fijación descontrolada de nuestros placeres, como mitigantes del dolor perenne de la realidad). Indiferencia no es evasión, se trata de ver, conocer y estar expuesto a cosas que no podemos controlar, sin perder el control de las emociones y reacciones que permitimos vivir por su exposición.
Qué tal si además de ver el punto negro en la pared blanca, también resaltamos las otras zonas que no pierden su blancura, sin importar que estén rodeadas de muchas manchas negras. Para qué exponerse, cuando nadie nos obliga, a ver las noticias que nos drenan lentamente y nos hacen perder la sensibilidad; nadie nos obliga a continuar en el trabajo del cual renegamos a diario; siempre existirán múltiples alternativas a las situaciones indeseadas que podemos estar viviendo, de la misma manera que siempre encontraremos una excusa disfrazada de justificación razonable, para seguir donde estamos y no iniciar el cambio.
Como sociedad nos comportamos bajo las normas de los sistemas complejos, en donde encontramos la teoría de fractales que nos muestra la propiedad de la autosemejanza, donde los sistemas grandes son un reflejo de los pequeños y viceversa. Así que identifiquemos en nuestros microsistemas, en los que podemos tener injerencia, quiénes son los tiranos que quieren imponer sus deseos sin tener en cuenta el de los demás (jefes, papá, mamá, pareja, compañeros de trabajo, amigos, familiares, vecinos o extraños), quienes son aquellos que despilfarran los recursos, los que hacen sus cosas pensando en su interés personal o selectivo, dejando a un lado la conciencia de unidad. Lo más seguro es que nosotros mismos seamos quienes estamos de primeras en esta lista, pero de últimas para reconocerlo, entendiendo que es un acto de valentía darse la oportunidad de considerar ser parte del problema que tanto nos molesta, identificando nuestra propia sombra; que al final lo vemos reflejado en experiencias externas, que como espejos nos proyecta lo que realmente somos.
Después de la indiferencia podemos pensar en seguir a una siguiente etapa, donde abrazamos todo lo que nos ofrece el entorno, con amor y sin reniego. Recomiendo primero gatear antes de correr. Lo importante es saber que el resultado de esta fase, de abrazar con amor aquello que nos perturba, es permitir sin esfuerzo conservar su estado frente a estímulos externos que antes nos incomodaban. Seamos conscientes de aquellas cosas externas que nos molestan, inmutémonos ante ellas, para identificar los aspectos de nuestra vida que los reflejan, abrazándolos con amor para descubrir valiosos aprendizajes de vida.
Pasemos de decir:
AQUELLO PUEDE SER
(lo que percibimos del entorno)
Ej.: AQUELLO PUEDE SER CORRUPTO
Y reflexionemos pensando:
YO PUEDO SER
(el resultado de la relación entre como quiero que me perciban y cómo me perciben los demás)
Ej.: YO PUEDO SER CORRUPTO
Cuando nos inmutamos ante lo que pasa afuera, tenemos la atención, el tiempo y la consciencia para identificar lo que realmente nos molesta de nosotros, viéndolo reflejado en los demás; y así, reconocer la vara en el ojo propio y no quedarnos patinando en el tamaño de la paja del ojo ajeno; de esta manera dejaremos de tener tantos reyes tuertos para una sociedad enceguecida.



