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13 junio 2023

TODOS SOMOS MÚSICOS ASÍ NO LO QUERAMOS Y TENEMOS UN COMPROMISO CON NUESTRO ARTE DE VIVIR EN ARMONÍA.

Sin importar la habilidad que tengamos para dominar un instrumento musical, todos tenemos el sentido estético de lo armónico y placentero, sin importar lo subjetivo que siempre será el gusto propio, al momento de saborear los sonidos que conforman la banda sonora de nuestra vida. Si lo comenzamos a digerir, iremos entendiendo que sin excepción todos venimos al mundo con un instrumento musical incluido y con el rol de Director de Orquesta de los sonidos a los que nos exponemos.

Así que iniciemos entendiendo el instrumento de la voz, ella le dio la bienvenida a la vida, con truenos de llanto que hicieron erizar de emoción a los allí presentes. Después entendimos que era una buena forma de hacernos entender y después de dominar un idioma, parece que ya nunca valoramos y respetamos la responsabilidad que conlleva utilizar el medio de comunicación más antiguo de la creación (“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” Juan 1:1).  

 



Con este instrumento podemos: compartir nuestro pensamiento singular; generar expresiones espontaneas de dolor, placer, ira, desilusión, emoción, alegría, miedo, satisfacción, supervivencia e incluso de indiferencia con su ausencia; compartir nuestra voz de protesta, ante los hechos que afectan nuestra realidad en conjunto; seducir a las personas que deseamos, o ser seducidos por quien no nos conviene; generar eco, llevando nuestras ondas a lugares que no podríamos solos; modificar la forma de pensar de uno o muchos; enseñar a otros, transfiriendo nuestros aprendizajes; destruir, bajando el autoestima, humillando, criticando, difamando, insultando y hasta incluso maldiciendo y renegando; construir, valorando a otros, exaltando virtudes, proponiendo mejoras, dando prioridad a la verdad, elogiando y hasta incluso bendiciendo y agradeciendo.

Así que todos contamos con este instrumento, pero ¿qué tanto lo usamos como un músico que convierte el silencio en armónicas melodías, que vibran en resonancia con nuestra forma de percibir esta seudorealidad? ¿Qué tanto lo dominamos o es él quien lo hace con nosotros? ¿Somos conscientes de cómo comunicamos diferente dependiendo del tono, el volumen, la velocidad y la intensión

Podemos ser letrados, escasos de vocabulario, súper gomelos, ñeros, corronchos, punketos, clérigos, agnósticos, o lo que consideremos nos represente, ¡No hay excusa! Su instrumento no puede desafinar al incluir: groserías innecesarias; volúmenes altos injustificados; tonos astringentes, sobre todo si se usa en expresiones como: “Uuuuuuyyyyyyyy ¿qué dice mi peeerro?; palabras que no existen (ej.: accesar, tensionante, comparendo, entre muchas.); sarcasmos y mentiras, que tergiversan la realidad y ocultan su intensión sincera; cosas que no conocemos o que creemos conocer, ya que se presta para desinformar dentro del teléfono roto de la comunicación; expresiones de juicio, que se alejan de las valiosas expresiones descriptivas que nos acercan más a la objetividad; comentarios donde despotricamos de personas ausentes, dejando que los demás concluyan que así lo haremos con ellos cuando no estén; interrupciones, cuando consideramos que lo que tenemos por decir es más importante que lo que aún no ha terminado de contar nuestro interlocutor; expresiones no verbales de desinterés, como ver el celular o cualquier distracción innecesaria, virar a un tema que se sale del hilo de la conversación, desviar el contacto visual a un objeto u otra persona y cualquiera de las manifestaciones de desinterés en la que diariamente caemos; al final la clave está en brindar lo que queremos recibir al momento de hablar con o sin palabras.     

 

Ahora reflexionemos por nuestro impuesto rol de Directores de Orquesta; así es, somos los encargados de dirigir la sinfonía diaria de sonidos que se distribuyen por el aire y del cual sólo nos escapamos cuando encontramos esos escasos momentos de silencio. Somos conscientes de cómo nos influye la música que decidimos conforme la banda sonara de nuestra existencia. Las opciones son múltiples pero el gusto es propio, así que podemos elegir los sonidos incidentales que acompañan cada escena de nuestra obra de teatro llamada vida. Esto incluye desde disonantes trompetas orquestadas por los polutos buses que recorren las arterias de la ciudad, hasta los melódicos compases de pájaros indistintos dentro de la naturaleza.

Dentro de los sonidos incidentales que debemos armonizar, podemos encontrarnos con instrumentos de viento como los pitos, en todas sus diferentes manifestaciones; los aprendices de cantante de ópera que se camuflan en discusiones acaloradas; coros de vendedores en movimiento dentro del servicio público; las seudo - agrupaciones de Stomp, que disonantemente actúan en las construcciones de la ciudad; los gritos de batalla a destiempo de los vendedores ambulantes que saben cómo espantar un prospecto.

Por otro lado, están las noticias que consideramos nos brindan la información que necesitamos para tomar mejores decisiones. Podemos elegir estar informados con un noticiero de 3 horas al medio día, que, para completar tan ambiciosa meta de contenido diario, debe recaer en noticias trasnochadas y vivencias amarillistas que sólo drenan nuestra tranquilidad; o tener acceso en cualquier momento a una aplicación como GROUND, que permite seleccionar los temas de interés y tener acceso a todos los puntos de vista (Izquierda, Centro y Derecha); podemos ver un medio como Semana teniendo claridad de su nuevo sesgo político de ultra derecha (ratificada por sus dueños, quienes afirman querer ser la Fox News criollo) o ver un espacio de opinión como La Pulla del Espectador, sabiendo que es financiado por desinteresadas “donaciones” de Soros. Hoy en día contamos con más fuentes, una valiosa porción independientes, pero sin mucha exposición. Así que empoderémonos de nuestro derecho a informarnos bien, eligiendo conscientemente las fuentes frecuentes de información noticiosa y de opinión.

Mirando los instrumentos más pegajosos, nos vemos en la tarea de saber elegir el contenido audiovisual con el que podemos distraernos, a sabiendas que podemos elegir entre matices que van desde series y películas que nos enseñan a robar, estafar, vender productos ilícitos, traicionar o simplemente dejarnos seducir por el deseo de poder, dinero y reconocimiento; o documentales que nos muestran la verdad de los sistemas corruptos globalizados y normalizados; Podemos ver contenido que nos enseñe a matar vampiros o programas que nos enseñan a preparar nuevos platos deliciosos; o simplemente elegir entre placeres instantáneos que ofrece las mil y una caras de la pornografía o trascender al saber el valor de la transmutación de la energía sexual a través de prácticas del Tantrismo Tibetano.

Contamos con instrumentos de acompañamiento, que nos permiten exponernos a diferentes tipos de conversaciones que no podemos desligar de aquellos con quien nos rodeamos. Es así como decidimos si es valioso escuchar las quejas que nunca detonan en soluciones, de aquel vecino de la puerta del frente o quedarnos con sus consejos prácticos sustentados en experiencias que aún no hemos tenido. Podemos disfrutar los chismes de la señora que arregla nuestras uñas o permitirnos conversaciones que construyan nuestro crecimiento personal. ¿Somos conscientes del valor “nutricional” de nuestras conversaciones ya sea que las detonemos nosotros o las recibamos de otros?

La base de la música es el silencio y su ausencia. Qué tanto aprovechamos el poder del silencio para llamar la atención con más fuerza que un grito desgarrador. Qué tanto disfrutamos los silencios mentales, a sabiendas que con ellos sólo podemos escuchar a Dios. Controlamos la conversación interna de nuestra mente, ¿logramos brindarnos 15, 20 o 40 minutos diarios de silencio, dándole un descanso a la mente y transfiriéndosela al cuerpo y todos sus sistemas?

Somos conscientes de un diálogo originario que nos acompaña sin importar el lugar, donde el sonido de la naturaleza y sus expresiones, nos sintonizan con mayor nitidez con la esencia creadora donde rige la colaboración, el sentido de unidad, la paz y la armonía.

Como grandes Directores, debemos conocer todos los sonidos que tenemos a nuestra disposición, entender sus funciones y balancear su presencia, en ocasiones los instrumentos se quedan en la obra, pero cambiamos a sus intérpretes. En otras ocasiones podemos guiar armoniosamente dichos interpretes para mejorar su interacción con toda la sinfonía. Al final cada quien elige como acompañar el silencio perenne en nuestra existencia, convirtiéndole en una pieza que se disfrute y no en un motivo para dejarnos robar la armonía natural de nuestra vida.

 

El éxito radica en procurar ser la música que otros desean escuchar, sin caer en ser el ruido que otros quieren silenciar.

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