Sin importar la habilidad que tengamos para dominar un instrumento
musical, todos tenemos el sentido estético de lo armónico y placentero, sin
importar lo subjetivo que siempre será el gusto propio, al momento de saborear
los sonidos que conforman la banda sonora de nuestra vida. Si lo comenzamos a
digerir, iremos entendiendo que sin excepción todos venimos al mundo con un
instrumento musical incluido y con el rol de Director de Orquesta de los
sonidos a los que nos exponemos.
Así que iniciemos entendiendo el instrumento de la voz, ella le dio la
bienvenida a la vida, con truenos de llanto que hicieron erizar de emoción a los
allí presentes. Después entendimos que era una buena forma de hacernos entender
y después de dominar un idioma, parece que ya nunca valoramos y respetamos la
responsabilidad que conlleva utilizar el medio de comunicación más antiguo de
la creación (“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo
era Dios.” Juan 1:1).

Con este instrumento podemos: compartir nuestro pensamiento singular;
generar expresiones espontaneas de dolor, placer, ira, desilusión, emoción,
alegría, miedo, satisfacción, supervivencia e incluso de indiferencia con su
ausencia; compartir nuestra voz de protesta, ante los hechos que afectan
nuestra realidad en conjunto; seducir a las personas que deseamos, o ser
seducidos por quien no nos conviene; generar eco, llevando nuestras ondas a
lugares que no podríamos solos; modificar la forma de pensar de uno o muchos;
enseñar a otros, transfiriendo nuestros aprendizajes; destruir, bajando el
autoestima, humillando, criticando, difamando, insultando y hasta incluso
maldiciendo y renegando; construir, valorando a otros, exaltando virtudes,
proponiendo mejoras, dando prioridad a la verdad, elogiando y hasta incluso
bendiciendo y agradeciendo.
Así que todos contamos con este instrumento, pero ¿qué tanto lo usamos
como un músico que convierte el silencio en armónicas melodías, que vibran en
resonancia con nuestra forma de percibir esta seudorealidad? ¿Qué tanto lo
dominamos o es él quien lo hace con nosotros? ¿Somos conscientes de cómo
comunicamos diferente dependiendo del tono, el volumen, la velocidad y la
intensión
Podemos ser letrados, escasos de vocabulario, súper gomelos, ñeros,
corronchos, punketos, clérigos, agnósticos, o lo que consideremos nos
represente, ¡No hay excusa! Su instrumento no puede desafinar al incluir:
groserías innecesarias; volúmenes altos injustificados; tonos astringentes,
sobre todo si se usa en expresiones como: “Uuuuuuyyyyyyyy ¿qué dice mi peeerro?;
palabras que no existen (ej.: accesar, tensionante, comparendo, entre muchas.);
sarcasmos y mentiras, que tergiversan la realidad y ocultan su intensión
sincera; cosas que no conocemos o que creemos conocer, ya que se presta para
desinformar dentro del teléfono roto de la comunicación; expresiones de juicio,
que se alejan de las valiosas expresiones descriptivas que nos acercan más a la
objetividad; comentarios donde despotricamos de personas ausentes, dejando que
los demás concluyan que así lo haremos con ellos cuando no estén;
interrupciones, cuando consideramos que lo que tenemos por decir es más
importante que lo que aún no ha terminado de contar nuestro interlocutor;
expresiones no verbales de desinterés, como ver el celular o cualquier
distracción innecesaria, virar a un tema que se sale del hilo de la
conversación, desviar el contacto visual a un objeto u otra persona y cualquiera
de las manifestaciones de desinterés en la que diariamente caemos; al final la
clave está en brindar lo que queremos recibir al momento de hablar con o sin
palabras.
Ahora reflexionemos por nuestro impuesto rol de Directores de Orquesta; así
es, somos los encargados de dirigir la sinfonía diaria de sonidos que se
distribuyen por el aire y del cual sólo nos escapamos cuando encontramos esos
escasos momentos de silencio. Somos conscientes de cómo nos influye la música
que decidimos conforme la banda sonara de nuestra existencia. Las opciones son
múltiples pero el gusto es propio, así que podemos elegir los sonidos
incidentales que acompañan cada escena de nuestra obra de teatro llamada vida.
Esto incluye desde disonantes trompetas orquestadas por los polutos buses que
recorren las arterias de la ciudad, hasta los melódicos compases de pájaros
indistintos dentro de la naturaleza.
Dentro de los sonidos incidentales que debemos armonizar, podemos
encontrarnos con instrumentos de viento como los pitos, en todas sus diferentes
manifestaciones; los aprendices de cantante de ópera que se camuflan en
discusiones acaloradas; coros de vendedores en movimiento dentro del servicio
público; las seudo - agrupaciones de Stomp, que disonantemente actúan en las construcciones de
la ciudad; los gritos de batalla a destiempo de los vendedores ambulantes que
saben cómo espantar un prospecto.
Por otro lado, están las noticias que consideramos nos brindan la
información que necesitamos para tomar mejores decisiones. Podemos elegir estar
informados con un noticiero de 3 horas al medio día, que, para completar tan
ambiciosa meta de contenido diario, debe recaer en noticias trasnochadas y
vivencias amarillistas que sólo drenan nuestra tranquilidad; o tener acceso en
cualquier momento a una aplicación como GROUND, que permite seleccionar los temas de interés y tener
acceso a todos los puntos de vista (Izquierda, Centro y Derecha); podemos ver
un medio como Semana teniendo claridad de su nuevo sesgo político de ultra
derecha (ratificada por sus dueños, quienes afirman querer ser la Fox News
criollo) o ver un espacio de opinión como La Pulla del Espectador, sabiendo que
es financiado por desinteresadas “donaciones” de Soros. Hoy en día contamos con
más fuentes, una valiosa porción independientes, pero sin mucha exposición. Así
que empoderémonos de nuestro derecho a informarnos bien, eligiendo
conscientemente las fuentes frecuentes de información noticiosa y de opinión.
Mirando los instrumentos más pegajosos, nos vemos en la tarea de saber
elegir el contenido audiovisual con el que podemos distraernos, a sabiendas que
podemos elegir entre matices que van desde series y películas que nos enseñan a
robar, estafar, vender productos ilícitos, traicionar o simplemente dejarnos
seducir por el deseo de poder, dinero y reconocimiento; o documentales que nos
muestran la verdad de los sistemas corruptos globalizados y normalizados;
Podemos ver contenido que nos enseñe a matar vampiros o programas que nos
enseñan a preparar nuevos platos deliciosos; o simplemente elegir entre
placeres instantáneos que ofrece las mil y una caras de la pornografía o
trascender al saber el valor de la transmutación de la energía sexual a través
de prácticas del Tantrismo Tibetano.
Contamos con instrumentos de acompañamiento, que nos permiten exponernos
a diferentes tipos de conversaciones que no podemos desligar de aquellos con
quien nos rodeamos. Es así como decidimos si es valioso escuchar las quejas que
nunca detonan en soluciones, de aquel vecino de la puerta del frente o
quedarnos con sus consejos prácticos sustentados en experiencias que aún no
hemos tenido. Podemos disfrutar los chismes de la señora que arregla nuestras
uñas o permitirnos conversaciones que construyan nuestro crecimiento personal.
¿Somos conscientes del valor “nutricional” de nuestras conversaciones ya sea
que las detonemos nosotros o las recibamos de otros?
La base de la música es el silencio y su ausencia. Qué tanto
aprovechamos el poder del silencio para llamar la atención con más fuerza que
un grito desgarrador. Qué tanto disfrutamos los silencios mentales, a sabiendas
que con ellos sólo podemos escuchar a Dios. Controlamos la conversación interna
de nuestra mente, ¿logramos brindarnos 15, 20 o 40 minutos diarios de silencio,
dándole un descanso a la mente y transfiriéndosela al cuerpo y todos sus
sistemas?
Somos conscientes de un diálogo originario que nos acompaña sin importar
el lugar, donde el sonido de la naturaleza y sus expresiones, nos sintonizan
con mayor nitidez con la esencia creadora donde rige la colaboración, el
sentido de unidad, la paz y la armonía.
Como grandes Directores, debemos conocer todos los sonidos que tenemos a
nuestra disposición, entender sus funciones y balancear su presencia, en
ocasiones los instrumentos se quedan en la obra, pero cambiamos a sus
intérpretes. En otras ocasiones podemos guiar armoniosamente dichos interpretes
para mejorar su interacción con toda la sinfonía. Al final cada quien elige
como acompañar el silencio perenne en nuestra existencia, convirtiéndole en una
pieza que se disfrute y no en un motivo para dejarnos robar la armonía natural
de nuestra vida.
El éxito radica en procurar ser la música que otros desean escuchar, sin
caer en ser el ruido que otros quieren silenciar.